Las ostras para salvar el Mar Menor de Murcia

julio cesar

Las ostras para salvar el Mar Menor de Murcia

Creo que muchos de nosotros podremos recordar los miles de peces muertos en las playas de esta
singular laguna salada. Es difícil de olvidar. Esas imágenes no se han vuelto a repetir, pese a que el
entorno es un “enfermo crónico”.
Los investigadores han convertido el ecosistema del Mar Menor en un entorno muy monitorizado.
Sensores, satélites y balizas registran cada constante vital y lo convierten en un gran laboratorio, dotado
de legislación específica y propia. Para los investigadores esta degradación no deja de ser una
premonición de lo que pasará en el Mar Mediterráneo y posteriormente en el océano.
Pese a las discusiones por las ramblas que en él finalizan su recorrido, los vertidos de nitratos de
abonos nitrogenados procedentes de los campos e invernaderos de la zona, y de los fosfatos procedentes
de esos suelos y de vertidos humanos, generan una proliferación descontrolada de fitoplancton que
enturbia las aguas e impide la fotosíntesis y la cosecha no deseada de algas que cuando se pudren
consumen oxígeno y asfixian la vida acuática. Esas algas gelatinosas son retiradas a diario, miles de
toneladas anuales suponen un enorme esfuerzo y un costo de 43 millones de euros desde 2017.
Las ostras y el Mar Menor conforman un proyecto de investigación (RemediOS2) que se desarrolla por
el Instituto Español de Oceanografía (IEO-CSIC). La idea que sustentó el proyecto se basa en el hecho de
que las ostras pueden prestar un servicio impagable. Estos moluscos actúan como depuradoras en
miniatura. Una importante cantidad de ostras podrían filtrar todo el agua cada pocos meses. Para el Mar
Menor se han calculado 60 millones. Además de esta propiedad, los arrecifes de ostras son puntos
calientes de diversidad al proporcionar un hábitat a cientos de especies que estabilizan el fondo marino.
En los años setenta del siglo pasado, el personal del IEO pidieron ostras gallegas para hacer unas
pruebas, que instalaron en un dispositivo en el fondo de la laguna salada. Un temporal estropeó la
instalación y las ostras se dispersaron. El tema se olvidó, pero las ostras se quedaron y se adaptaron. En
aquellos años el agua era cristalina con una salinidad muy elevada que ahuyentaba a cualquier intruso. En
1973 se abrió el canal del Estacio, para construir un puerto deportivo y la salinidad de la laguna bajó 10
gramos por litro. Las ostras si se reprodujeron, el fondo se convirtió en una alfombra de ostras que, sin
sustrato donde agarrarse se amontonaron unas sobre otras. Por el año 1985 las autoridades decidieron
regular su explotación concediendo 90 licencias de pesca. Aparecieron problemas. Las ostras del Mar
Menor tenían un aspecto poco estético, mucho caparazón y poco contenido y, a veces, olor a cieno que
repelía al consumidor al abrirla. Las condiciones de la laguna las habían convertido en “fortalezas” en
miniatura. La pesquería no funcionó, pero influyó sobre el resto de la biota del fondo. Las medusas se
comían las larvas de las ostras, las macroalgas colonizaron y empobrecieron el fondo desplazando a las
praderas autóctonas y las esponjas perforadoras parasitaron a las ostras adultas. La experiencia adquirida
en otros países como Suecia han conseguido medir que las ostras extrajeron el 20% del nitrógeno del
agua, en Dinamarca casi una tonelada por hectárea al año. En Florida (EE UU), en la bahía de Tampa, que
llegó a estar como el Mar Menor, se ha conseguido, pese a llevar 30 años como la laguna murciana,
rescatarla.
La complejidad para rescatar el Mar Menor es elevada y larga. Las ostras son una parte del rescate que
debería acompañarse de la reducción drástica de nitrógeno y fósforo desde la tierra de las orillas que son
vertidos al agua. Y generan un cambio profundo en nuestra relación con ese ecosistema.

Julio C. Tello Marquina
Profesor emérito
Universidad de Almería

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