Investigadores del Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas, centro mixto creado por la Universidad Politécnica de Valencia y el Consejo superior de Investigaciones Científicas (UPV – CSIC), han dado a conocer un notable y sorprendente hallazgo, una nueva entidad biológica, tan pequeña que sus agrupaciones caben en el interior de una célula bacteriana. Los han denominado “obeliscos” como esos monumentos que en el antiguo Egipto adornaban los templos.
¿Qué son estos “obeliscos”?. Son pequeñas moléculas de ácido ribonucleico (ARN) de forma circular, aunque estan desenrollados, tomando forma de bastón. ¿Si son muy abundantes, por qué no se han descubierto antes?. Una razón es su pequeñísimo tamaño. Apenas tienen mil “letras”, mientras que el ADN de los humanos tiene 3000 millones de “letras”, razonan los investigadores. Carecen de membrana protectora y resulta difícil determinar donde empiezan y donde acaban.
Desde que Linneo elaboró una clasificación de las criaturas que habitan la tierra, no se ha parado de añadir ramas al árbol de la vida, que revela parentescos increíbles; así la mosca de la fruta comparte el 60% de sus genes con los humanos. No obstante hay “criaturas” que no encuentran lugar en este esquema. Tal es el caso de los virus que no tienen rama propia, para ello se aprovechan de las células de un hospedador. Los “obeliscos” infectan a las bacterias. Se ha comprobado como colonizan a los estreptococos que estan en la boca de los humanos. No pueden visualizarse con el microscopio por potente que sea. En el caso de los investigadores valencianos fue posible su encuentro gracias a los últimos avances en bioinformática. Los “obeliscos” se esconden en lo que se conoce como “basura genética”, secuencias repetitivas, anodinas sin una función aparente.
Pese a estar dentro de las bacterias, se desconoce su función, de manera que una bacteria con “obeliscos” y otra limpia de ellos se comportan igual en su tasa de crecimiento.
Los descubridores suponen que estas curiosas partículas podrían estar en la tierra hace 3000 millones de años, en el líquido donde se originó la vida. Los investigadores especulan con la posibilidad de que los “obeliscos” podrían esconder un “potencial médico revolucionario”, si se logra entender como influyen en las bacterias podrían desarrollarse nuevas estrategias para controlar las que son resistentes a los antibióticos.
Esperemos que nuevas investigaciones sobre los “obeliscos” sean financiadas en nuestro país, pese a la tan traída y llevada precariedad económica asignada a la ciencia española.
Julio C. Tello Marquina
Profesor emérito
Universidad de Almería